Suena una campana; y dos oboes. Tras ellos se agolpa una muchedumbre. Acompañan a Cristo en su Pasión. Me pregunto si hace dos milenios habría tanta gente acompañándolo o si se sintió tan solo como en el huerto de los olivos cuando los apóstoles se durmieron, si sabía que todo su dolor y su sufrimiento valdría para seguir salvándonos a todos tanto tiempo después, o si ciegamente confió en Aquel que nunca le fallaría.

De pronto todo el mundo se calla. Octava estación: Jesús es ayudado por el Cirineo a llevar la Cruz”.

Solo se escucha una voz que nos invita a reflexionar y ese silencio estalla en un Padre Nuestro recordándonos que todos somos hermanos.

El pasado viernes todos fuimos Cirineo llevando la Cruz, todos nos sentimos mujeres de Jerusalén encontrándonos con Él en plena calle, todos fuimos Judas y Pedro arrepentidos por traicionarlo y negarlo tantas y tantas veces…

Pero Él no se cansa de bajar y ponerse a nuestra altura, de mirarnos e invitarnos a hacerlo mejor, con esa fuerza que solo te da quien sabes que cree en ti a pesar de tus debilidades.

El Via Crucis del pasado viernes 8 de marzo nos recordó que Jesús sale a nuestro encuentro y que también nosotros tenemos que salir al encuentro de los demás. Todos quisieron ser parte de la salida: los grupos parroquiales y los feligreses de todas las edades. Fue una noche de recogimiento, de oración, de comunidad, de fe vivida y transmitida, de emociones que no pueden plasmarse en palabras. Una manera especial de comenzar la cuaresma.

Un año más el Señor nos regala cuarenta días repletos de nuevas oportunidades, de perdón y de esperanza. Aprovechémoslos.