“El poder de la atención”

Llegamos a creernos que sería más fácil alejarnos de la autoconciencia obsesiva si supiéramos hacia dónde hemos de enfocarnos, si tuviéramos un objeto fijo al que observar, o si pudiéramos representar a Dios con una imagen. Pero el Dios verdadero nunca puede ser una imagen. Las imágenes de Dios son dioses. Cuando construimos una imagen de Dios acabamos contemplando una imagen restaurada de nosotros mismos. Abrir el ojo del corazón significa vivir desde la visión sin imágenes que es la fe. Esta apertura del corazón es la visión que nos permite «ver a Dios» en todas las cosas.

En la fe, la atención está dirigida por un nuevo Espíritu. Ya no estamos condicionados por los espíritus del materialismo, de la comparación y de la autosupervivencia sino por el espíritu de la fe, que por su propia naturaleza se halla desposeído. Podemos vislumbrarlo recordando aquellos momentos en los que hemos experimentado una inmensa paz, satisfacción y alegría. Sucedieron cuando nos abandonamos en algo o en alguien y no cuando poseíamos algo. El pasaporte al reino requiere el sello de la pobreza.

Sin embargo, aprender a estar centrado en el otro es una disciplina que requiere un continuo proceso de ascesis. No hay nada más difícil que aprender a retirar la atención de nosotros mismos. Además, ello nos supone un reto enorme puesto que solemos equiparar el crecimiento y el desarrollo personal con el autoanálisis constante y la construcción de una imagen positiva del yo. Así, comprobamos que nuestra tendencia es la de dirigir la atención a nosotros mismos y volver al autoengaño y a la distracción.

Debemos descubrir una verdad simple: cuando nuestra atención está en nosotros mismos, todo nos distrae de Dios. Cuando nuestra atención está en Dios, mediante la visión de la fe, todo nos revela a Dios.

Laurence Freeman OSB