Mantener viva la disposición para el sufrimiento

En la soledad se hace sentir todo lo que está irredento y pugna por emerger a la conciencia.

Debemos prepararnos para sufrir. Tememos sufrir y huimos del sufrimiento. El subconsciente se formó, por así decirlo, como defensa ante el mismo. La envoltura que separa el estrato oscuro del ámbito del pensamiento y de la acción es la resistencia ante el sufrimiento.

Con todos los medios a nuestro alcance, huimos de la aflicción y de la propia miseria. Estamos convencidos de que sólo el culpable debe sufrir. De ahí que constantemente busquemos un chivo expiatorio a quien achacarle la dolorosa culpa. Nos justificamos y culpamos a otros para evadirnos del sufrimiento. Detrás de toda esa dureza humana se oculta el miedo a sufrir. Toda herida infligida despierta el deseo de revancha. La otra alternativa frente a una afrenta consiste en tragarse todo, lo cual no equivale a sufrirlo. Solamente ha sido desplazado y depositado en el subconsciente junto con todo lo demás, que espera ser redimido. ¡Cuántas distracciones inventamos en la meditación! Todos sirven únicamente para evitarnos la confrontación con nuestros aspectos sombríos, pues esto nos causa dolor.

La redención sólo se da mediante el padecimiento. Nuestra naturaleza se resiste a experimentar el dolor. Por eso debemos fortalecer una y otra vez nuestra disposición a soportar lo que la vida nos impone. Esta disposición puede compararse con una puerta abatible. Si alguien quiere pasar a otra habitación se abre de inmediato en amplia parábola hacia arriba. Apenas hemos pasado, comienza a cerrarse. En menos de medio minuto volverá a estar cerrada. Algo parecido sucede con nuestra disposición para el sufrimiento. En un momento de buena voluntad, estamos dispuestos a cargar con nuestra cruz y seguir a Cristo. Pero no pasará mucho tiempo antes de que esta disposición desaparezca callada e imperceptiblemente y volvamos a rechazar como antes todo lo que signifique sufrimiento. La disposición para imitar a Cristo se redujo a los momentos agradables pero nosotros casi no lo advertimos.

Solo es redimido lo que se padece con amor, en unión con nuestro centro, con Dios.

Preguntas para la reflexión

  • ¿Qué crees que ya has redimido porque lo has padecido con amor suficiente?

 Carolina.