SER MÁS Y MÁS CRISTO EN LA TIERRA

Cuando hablamos de padecer, dejar estar lo que nos llega, no defenderse, me refiero siempre a reaccionar desde dentro y no hacia fuera. En nuestros ejercicios contemplativos sólo apelo a la dimensión interior. En ellos aprendemos nuevas formas de comportamientos. Por el contrario, la forma de reaccionar hacia fuera está determinada por las necesidades externas. Es cierto que es más conveniente reaccionar una vez que la herida ha cicatrizado y la reacción se produce con amor.

La disposición a padecerlo. San Pablo, estaba convencido de que los sufrimientos del mundo presente son insignificantes comparados con la gloria que se manifestará en nosotros (Rom.8, 18). Por esto predicaba a Cristo crucificado (1Cor.1, 23). El mismo quería completar lo que le faltaba a las tribulaciones de Cristo (Col1, 24). Siempre llevó en su cuerpo la muerte de Jesús, para que también su resurrección se manifestara en su carne mortal (2Cor.4, 11)

     La redención no está concluida. Cristo desea que los hombres continúen su obra de redención. Quiere hacerse nuevamente hombre en nosotros, hasta que seamos completamente Cristo en este mundo, es decir, otro Cristo, un Cristo nuevo en la tierra. Pero esto sólo puede darse en seres que se abren a Cristo hasta tal punto que su misericordia puede fluir hacia otros a través de ellos. Su fuerza salvadora y redentora desea derramarse por medio de nosotros hacia los demás. Esto sólo podrá ocurrir en la medida en que dejemos de aferrarnos a nosotros mismos para volvernos totalmente translucidos, por así decirlo.

    Si en nuestro interior crece la disponibilidad a dejar que lo irredento venga a nosotros y a no defendernos de ello, Cristo puede acogerlo en su seno y redimirlo. Acaso esta breve explicación sirva para entender que el padecimiento provocado por lo irredento nos puede brindar una unión mística muy profunda con Cristo.

    Cristo nos redimió con su sufrimiento. El seguirá sufriendo dentro de nosotros hasta que hayamos sido totalmente redimidos.

Su mayor dolor no lo provoca nuestro pecado, sino nuestra resistencia interior, que se opone al proceso de redención. Queremos darle lo mejor de nosotros, queremos transformarnos en hombres buenos para él, pero olvidamos de ofrecerle también lo malo que hay en nosotros. Él nos pide que le ofrezcamos nuestros pecados, para que lo padezcamos a través de él y con él. Aquel que desee recorrer este camino deberá mantener despierta, con gran perseverancia, la disposición para el sufrimiento.

Preguntas para la reflexión

  1. ¿Para ti son más los sufrimientos o las alegrías que comporta la vida?

Carolina.