EL contacto visual y el nombre.

Desde nuestra esencia más íntimas estábamos orientados hacia Dios. En el fondo de nuestra alma está escrito que procedemos de Él y que sólo en el podremos encontrar nuestra mansión definitiva. El anhelo de Dios es nuestra brújula innata. Nos orienta hacia el Señor  para que aprendamos a escucharlo, verlo y confiar en Él. Nuestro esfuerzo constante debería consistir por ello en fijar nuestra atención en Dios. Al hacerlo nos vamos asemejando más y más a su Hijo.

En el relato de Jesús caminando sobre las aguas tenemos un ejemplo magnifico de la fuerza que entraña estar centrados en Dios y del peligro que corremos de perder este contacto esencial. San Mateo nos cuenta cómo, después de dar de comer a los cinco mil, Jesús envía a los apóstoles a la otra orilla del lago. (Mt 14,22-23). Él, por su parte, sube a un monte donde permanece orando hasta  el amanecer. Toda la noche los apóstoles tienen viento en contra y su barca es arrojada de un lado al otro por las olas. De improviso, observan una figura que les viene al encuentro sobre el agua. Cunde el pánico, pues creen que se trata de un espectro. De miedo, prorrumpen en gritos; pero Jesús los tranquiliza dándose a conocer. El primero en reaccionar es Pedro, que de un extremo pasa al otro. En su ansia por llegar a Jesús olvida el miedo, la barca, el viento y a sus compañeros. Ruega que le dé la maravillosa fuerza que le permita caminar sobre las aguas para poder salir a su encuentro. Jesús accede: “Ven, Pedro”. Pedro está cautivado por Jesús. Este contacto visual le confiere la fuerza para caminar sobre las aguas, como si estuviese en la plaza del mercado de Cafarnaúm. Está orientado hacia Jesús con todo su ser y, a través del contacto visual, se ha vuelto uno con ÉL.

     De improvisto, una ráfaga de viento roza su rostro y le invade el miedo. Puede ser que se preguntara interiormente:” ¿Podré seguir andando sobre la olas? ¿No me hundiré y me ahogaré?”. Sus temores y cuestionamiento le hacen olvidar el contacto visual con Jesús. Quizás incluso volvió la mirada hacia atrás para saber qué hacer y a quien recurrir en caso de necesidad. Pero no por mucho tiempo puede permanecer en estos titubeos, pues al punto se encuentra con el agua al cuello. Acaso ya haya tragado un poco cuando lanza un grito de auxilio con las fuerzas que le quedan. Al instante, Jesús lo toma de la mano y lo saca del agua.

    Nuestra situación es parecida a la de Pedro. Nos iniciamos en la meditación con el sano propósito de centrarnos en Dios, en Jesucristo.  La percepción de las manos y la recitación del nombre nos permiten establecer este contacto visual con ÉL. Él nos lleva sobre las aguas, pues su fuerza es la que dirige nuestra atención hacia su persona. No obstante, apenas aparece el primer dolor, apenas se expresa el primer sentimiento negativo y algo se agita en el subconsciente, apenas se hace perceptible el primer  sonido perturbador  proveniente de fuera, el miedo hace presa de nosotros y perdemos el contacto con Él. Esperamos interrumpir con cualquier excusa el contacto esencial con Dios para poder pensar en nuestros problemas. Somos víctimas de la ilusión de que deseamos resolver nuestros problemas con el sólo fin de retornar lo antes posible a la presencia de Dios. Creemos que, una vez apartados todos los obstáculos del camino, volveremos al presente.

Preguntas para la reflexión:

  • ¿Sientes que en tu íntima esencia estás orientado hacia Dios?

  • ¿Cuáles son los vientos o temporales que te impiden o distraen de tener los ojos fijos en Él?

Carolina.