El sarmiento y su afán de rendimiento.

Muchas veces olvidamos centrarnos en Dios debido a la presión que ejerce sobre nosotros el afán de rendimiento. En el evangelio, Jesús describe su relación con los apóstoles por medio de la metáfora de la vid (Jn.15, 1-8). Él representa la vid; los apóstoles, los sarmientos. Los que llevan frutos son purificados por el viñador; es decir, por el Padre. Los que no los dan, son podados. El núcleo de la metáfora alude a la necesidad de estar centrado en Jesús.

   ¿Cuál es la función del sarmiento? Debe producir uvas, lo que significa que toda su fuerza irá dirigida a esa dirección. Teme no dar suficiente frutos en el debido tiempo; se preocupa por su supervivencia. Ante este temor se lanza a la producción de uvas, lo que implica una fuerte presión por rendir cada vez más. Sometida a ella, no hace más que ocuparse día y noche por dar frutos. En invierno, cuando aún no ha llegado el momento de hacerlo, se halla absorbido en la planificación de sus uvas. Se representa una y mil veces cómo habrán de ser, cómo podrán crecer mejor y con mayor rapidez y como lograr un zumo más dulce. Y cuando se van formando los primeros, compara sus uvas con los de otros sarmientos y se convence de que los suyos son más grandes. Se lamenta entonces de que, por falta de lluvia, no podrá obtener uvas más jugosas. Vuelve a compararlas con las del vecino y se queja, pues le parece que el sol brilla sobre aquellas más que sobre las propias. Cuanto más teme por sus frutas, cuanto más ronda en torno a sus problemas, cuanto más se esfuerza por aumentar su jugo, tanto menor es la fuerza vital que penetra en las pequeñas uvas.

Jesús también afirma la necesidad de que las uvas crezcan, pero ve cómo los sarmientos se someten a demasiada presión y se atormentan. ¡Basta! No es así – les dice-. Tenéis que dar un giro de ciento ochenta grados. En lugar de concentrarnos en la uva, comunicaos con la vid. Así, la fuerza de ésta correrá a través de vosotros y podréis dar buenos frutos. Seréis liberados de la presión por rendir cada vez más y compararse con los otros, y es así como las tensiones cederán. Todo lo que hacéis es ocuparos de vosotros mismos, de vuestras penas y éxitos. Manteneos unidos a la vid con todas vuestras fuerzas. Ella se ocupará de que deis buenos frutos. Estando tan absorto en lo propio, no os dais cuenta de que hace mucho tiempo que se ha cortado la comunicación con la vid y que ya no fluye fuerza vital. Volveos hacia la fuente y todo os será dado. Recibiréis el sol, la lluvia y una abundante cosecha sin necesidad. Os equivocáis cuando pensáis que las uvas crecen por vuestros propios esfuerzos. Es la fuerza de la vid la que actúa por medio de nosotros.

       Nosotros somos los sarmientos. Detrás del afán de rendimiento, detrás de nuestros desvelos, temores y cavilaciones en torno a nosotros mismos, se esconde una actitud esencialmente errada. Cuando creemos que nosotros debemos dar origen a todo. Pero es Dios quien dio origen a todo. Los lirios del campo no sufren desvelo, debería consistir en estar junto a Él. En lugar de preocuparnos por nosotros, nuestro rendimiento, nuestra supervivencia, deberíamos orar: “Señor, me ocupo de ti. Tú ocúpate de mis problemas. Me pongo totalmente en tus manos. Que tu fuerza actué dentro de mí”. Así es como las mismas actividades pueden realizarse con o sin preocupación, siendo lo único decisivo examinar con quien establecemos contacto vital: si con nosotros o con Dios.  

No es que debamos hacernos perfectos, sino comunicarnos con lo perfecto. A través de esta comunicación, Dios actuará en nosotros y nos transformará.

 

Preguntas para la reflexión

  1. ¿Padeces cierto afán de rendimiento? ¿Cómo se manifiesta? ¿Cuáles son sus estragos?
  2. ¿Cómo crees que podrías vencer esa manía por preocuparte?
  3. ¿Crees realmente que si tú te ocupas de Él, Él se preocupará de ti?
  4. ¿Estás demasiado ocupado por tus propios pecados e imperfecciones?
  5. ¿Te preocupa más tu propia imperfección personal o el amor a los demás?

Carolina.