Un corazón vacío y colmado

Daré un ejemplo sobre cómo ocuparnos tanto de nuestros pecados y desear ser perfectos nos aparta de lo esencial. En su libro sobre la vida de San Francisco, Eloy Leclerc describe cómo mientras caminaba un día el santo con el hermano León, al atravesar un arroyo y admirar la claridad del agua, ésta le evoca la pureza de corazón. San Francisco observa entonces que el hermano León se ha puesto triste y le dice:

  • Me parece que andas cavilando algo.

  • Sí – le responde él-, si se me concediese un poco de esa pureza, también nosotros tendríamos la alegría graciosa y desbordante de nuestra hermana fuente y la fuerza irresistible de su agua. Una nostalgia abismal sonaba en las palabras del hermano León. Se quedó contemplando fija y melancólicamente el arroyo.

  • Vamos – le dijo Francisco- y lo llevó consigo.

Ambos reanudaron el camino. Anduvieron un rato en silencio y luego san Francisco le preguntó:

  • – ¿Sabes lo que es un corazón puro?

  • Cuando no hay nada que reprocharse – le respondió León – sin detenerse mucho a pensarlo.

  • – Entonces comprendo que estés triste – replicó Francisco -, pues siempre hay algo que debemos reprocharnos.

  • – Justamente – siguió león- Por eso abandoné toda esperanza de llegar a tener un corazón puro.

  • – ¡Ay, hermano León – exclamó Francisco, no te preocupes tanto por la pureza de tu corazón! ¡Mira a Dios! ¡Admíralo! ¡Alégrate de que el exista y de que sea enteramente santo! Dale gracias por su amor. Eso, mi querido hermano, es tener un corazón puro. ¡Y, ante todo, no te preguntes cómo andan tus relaciones con Dios! La pena que sentimos por ser imperfectos y por descubrirnos pecadores es un sentimiento humano. Debes alzar la vista, alzarla mucho más. Dios existe, existe su infinitud y su gloria. Un corazón es puro cuando no desiste de adorar al Padre viviente y verdadero, cuándo participa intensamente de Su vida. Un corazón así está vacío y colmado. Le basta con que Dios sea Dios. De esta certidumbre deriva su paz y su alegría.

  • – Pero Dios, nos exige que nos esforcemos y le seamos fieles – objetó entonces León.

  • – Ciertamente. Pero la santidad no consiste en que nosotros nos realicemos y colmemos. La santidad es ante todo vacío que encontramos en nosotros, que aceptamos, y que Dios llena en la misma medida en que nos abrimos a la plenitud.

   Con frecuencia cometemos el mismo error que el hermano León. Queremos llegar a ser perfectos y nos preocupamos demasiado por nuestras imperfecciones y problemas, por nuestros pecados y sentimientos de culpa. En vez de esto, deberíamos centrarnos una y otra vez en Dios. Él nos transformará ¡Si tan sólo vislumbramos la poderosa fuerza transformadora que alberga la presencia de Dios! Claro que la psicoterapia pueda ser a veces útil y hasta necesaria. Pero la verdadera fuerza sanadora proviene de la presencia de Dios. El contacto constante y sin reserva con nuestro centro nos sana de nuestras miserias. Con nuestras deficiencias y fallos, nos comportamos como quien se encuentra a oscura en una habitación y golpea a diestra y siniestra con un garrote para desvanecer la oscuridad, en lugar de encender una luz. No es necesario destruir la oscuridad. Basta con encender la luz para que ésta se  disipe. Algo similar ocurre con nuestros pecados: no hay más que ponerse en comunicación con Cristo En el no hay ni pecado ni culpa.

Preguntas para la reflexión:

  • ¿Estás centrado en tus pecados y culpa o en comunicarte con Dios?
  • ¿Vislumbras la poderosa fuerza sanadora de estar centrado en Dios?

Carolina.