El deseo de inmediatez

     Centrarse en Dios significa concederle el puesto número uno en la propia vida. Ahora bien, lo que ocupa el primer lugar en cuanto propósito tantas veces ocupa el último en cuanto a realización. Si tengo el propósito de viajar a una ciudad, primero tendré que tomar los medios de transportes para llegar allí. La ciudad es lo primero en cuanto a mis propósitos pero es lo último en cuanto al hecho de llegar allí. Por eso muchos creen que Dios existe, sí, pero a una distancia inconmensurable, en la vida eterna; su peligro es dirigir su atención a los medios para llegar a Él y no a Dios mismo.

     Este problema suele darse en el seno de la Iglesia y debe preocuparnos. Los escritos religiosos que se publican y los criterios espirituales que suelen ofrecerse a menudo dirigen la atención hacia un medio que supuestamente nos llevará a Dios, en lugar de dirigirla a Dios mismo. Cierto es que Dios o Jesucristo serán los destinatarios últimos, pero casi siempre lo son indirectamente. Por lo general, la atención se dirige directamente a la transformación propia y del mundo. Centramos la atención en un texto que habla de Dios, contemplamos una imagen que nos recuerda a Dios, nos dedicamos a un problema que deseamos resolver con la ayuda de Dios, proyectamos actividades que queremos realizar con la mente puesta en Dios.

      Todas esas imágenes, todos esos textos y símbolos son efectivamente medios para llegar a la presencia de Dios. Como tales, podrían ayudarnos en el camino hacia Él, pero llega el momento en que ya no los necesitamos y, si no es así, es que hemos convertido un medio en fin. Aquí es cuando empieza a volverse un obstáculo. Claro que relacionarnos directamente con Dios es un paso arriesgado. Por eso, con demasiada frecuencia, nuestro mundo permanece a la luz de la candileja y Dios detrás de los bastidores.

      El deseo de dedicarse a la contemplación estriba en el descubrimiento de que nuestra atención debe fijarse directamente en Dios. Es un anhelo de no buscar ya los dones divinos, sino a Él mismo; no ya de interponer medios para llegar a Él, sino de atreverse a establecer un contacto directo. De ahí la importancia de desarrollar un estado de vigilia y de atención. Se inicia con la percepción de la naturaleza. Luego aprendemos a mantenernos firmes en la respiración y en las manos. Tanto más directo será nuestro contacto con Dios, cuanto más atendemos al presente en sí. En la simple repetición del nombre de Jesucristo, la relación con Él es aún más inmediato.

 

Preguntas para la reflexión

  • En tu jerarquía de valores, ¿qué lugar ocupa realmente Dios?

  • ¿Sientes a Dios cerca o lejos?
  • Pones más atención para llegar a Dios o en Dios mismo?
  • ¿Eres consciente de que cuando meditas intenta establecer un contacto directo con Dios?