¿Exijo a Dios justicia?

Este evangelio 25 de hoy me coge a contramarcha.

Me sorprende, me toca en el alma, va contra mis ideas y mis sentimientos. Exijo a Dios, justicia, ¡No hay derecho! ¿Cómo es posible que Dios premie igual al que ha vagueado, se ha acogido por los pelos a su misericordia que a mí, que llevo tanto tiempo luchando por ser mejor?

Si me paro a pensar, es cierto que yo tantas veces he sido descuidado, ciego, incluso pecador…pero, ¡no importa! Enseguida me confesaba y…pelillos a la mar. En el fondo, siempre he sido fiel…merezco mi recompensa. La exijo, es mi derecho

Aunque no soy tan quejica ante Dios, inconscientemente, por dentro, soy justiciero, exigente. He contabilizado mis méritos a través de la vida y me deben pagar más que a estos recién venidos.

Recuerdo una escena infantil. En mi casa, cuando mi madre repartía la comida, se andaba con cuidado de ser exacta en el reparto. ¡Ay de ella si le daba, en mi opinión, algo más o mejor a mi hermana que a mi…! Saltaba como un tigre, exigiendo…en vez de disfrutar de lo que me ofrecían, andaba con el ojo alerta a lo que regalaban (injustamente) al otro. Y no miraba aquí, sino que tenía la vista y los intereses, en los demás…en otra parte,

Nunca acabamos de creer en el regalo gratuito de Dios con nosotros. Dios te perdona, te quiere, te aguanta a ti. Ojalá que siga con otros tan compasivo y misericordioso como ha actuado contigo

¡Gracias, ¡Señor, eres grande!

A lo más, se puede decir aquello de San Agustín: “tarde te amé, hermosura soberana…” Gracias, Señor, por los muchos años que te he amado, te he buscado y te has dejado encontrar y he disfrutado de ti. Otros, no tanto…pero gracias porque ellos, al fin, te han conocido…Y yo, por fin, voy poco a poco conociendo tus caminos

Leonardo Molina SJ.