A Dios lo que es de Dios (Mateo 22, 15-21)

Nos hemos empeñado en separar: dos campos: a Dios y al prójimo. Y Jesús, sutilmente los une.

Iban a por Él. Era una pinza mortal por donde se cogiera. No tenía escapatoria. Por donde optara, se enfrentaría con el mundo religioso judío, con sus leyes, su organización, sus tradiciones y, además, con el dictamen de Moisés y los profetas. ¡Ay de él!

O si optaba por el enfrentamiento con el Cesar, el Estado, tocaba el mundo poco escrupuloso del poder romano que no admitía distingos ni sutilezas y que castigaba con la muerte sin ninguna clase de escrúpulos.

Es cierto que, al final, los fariseos y herodianos como testigos, lograron hundir a Jesús al unir los dos poderes al acusarle de blasfemo y que iba revolucionando al pueblo contra los romanos. La trampa que hoy tienden a Jesús, y que supera, al final, acabará teniendo éxito.

¿Éxito? No del todo. Santa Teresa expresa en sus escritos el Espíritu de Dios sobre el Justo: la verdad padece, pero no perece.

“Se humilló hasta la muerte y una muerte de cruz…pero Dios lo exaltó…”(Filipenses 2)

Y ¿qué solución nos ofrece el evangelio de Jesús? Pues está claro: Dad a Dios lo que es de Dios y al Cesar lo que es del César.

Porque si somos de Dios, amamos a nuestros hermanos, puesto que todos somos hijos de Dios, todos somos hermanos. Y nuestros hermanos, nosotros mismos, nos organizamos con autoridades, a las que debemos respetar, obedecer, elegir cuidadosamente, criticar si hace falta. No vale en principio escamotear impuestos, desobedecer irresponsablemente las leyes, bajo hipócritas argumentos. A Dios se le da el amor y al Estado los impuestos justos…Y si piensas que no son justos, combátelos por todos los medios legítimos y propón otros mejores y más justos.

Decía un sacerdote amigo en la preparación del bautismo, que había que preparar a los bautizandos para que fueran” buenas personas, buenos ciudadanos y buenos cristianos…”O, pensándolo bien, que el orden de los factores no alteraba el producto…

Le hacemos a Jesús esta pregunta, sinceramente:  —Maestro, nos consta que eres sincero, que enseñas con fidelidad el camino de Dios y que no te fijas en la condición de las personas porque eres imparcial… ¿Qué tengo que hacer? Antiguamente, en la escuela nos enseñaron que había que responder siempre: “para servir a Dios y a usted…”

Corrijamos: “para servir a Dios y a nosotros, a los demás, a la sociedad. Uniendo siempre los dos términos, con honradez, con verdad, sin hipocresías. Y, por supuesto, con libertad…Después de todo, las cosas de Dios, de Jesús, son más importantes que los impuestos…No nos confundamos.

Leonardo Molina García S.J.