Contemplando al Resucitado

Contemplando a Cristo Resucitado.

Nos puede llamar la atención que, en algunas ocasiones, Dios sólo ocupa el segundo lugar en nuestras actividades incluso cuando Le rezamos para que nos otorgue una gracia en particular. Si nos detenemos en un tema del evangelio. En el primer plano de mi consideración se encuentra una escena del evangelio. Mi deseo por comprender la vida de Cristo podría estar en segundo lugar. Finalmente, Jesucristo mismo ocuparía el tercero. Mi atención se fija en él únicamente en forma indirecta.

La contemplación, sin propósito ni meta, de la presencia de Dios mismo nos lleva a transformarnos en su Hijo. Esto no significa descuidar el mundo y al prójimo. Trabajamos en este mundo igual que otros, aunque con menos desvelos. Si dirigimos la mirada constantemente a Dios termina por alejarse de nosotros toda preocupación y nos permite actuar a partir de nuestro verdadero ser sin temor.

La fuerza más poderosa para cambiar el mundo es la Contemplación directa, sin propósito, preocupación ni meta, del Cristo resucitado.

Todo lo demás mana sin problemas de esta fuente.

Si la utilizamos únicamente en trabajar para lograr algo para nosotros mismos la consumimos, y tarde o temprano recaemos en el estado anterior. La energía disminuye y nos «desinflamos».

En la vida cotidiana, no debemos perder contacto con la fuente. «Quedad en mí y yo quedaré en vosotros», dice Jesús. Este «quedar» no es una mera declaración de propósitos, sino el permanecer con la atención fija en él. Esta fuerza es como una llama que se alimenta de la atención que prestas a Dios. Hay que cuidarla, para que no comience a flaquear y termine por apagarse. No podemos volver a encenderla con nuestras propias fuerzas. La cuidamos y alimentamos con la meditación diaria y con la oración. No hay inconveniente en trabajar mucho, si es que a diario nos tomamos un tiempo para establecer nuevamente contacto con la fuente. Ella, por su parte, nos sostendrá y guiará, permitiendo que nos ocupemos de nuestras actividades. Así no seremos explotadores de la fuerza divina, sino servidores del Altísimo.

Javier Fdez-Palacios