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ENCUENTROS DE JESÚS CON LAS MUJERES VIII

CON LAS MUJERES DE JERUSALÉN

«No lloréis por mí» (Lc 23,28)

Jesús se vuelve, cuando va cargado con la cruz y camino del Calvario, y se dirige a las mujeres que le seguían golpeándose el pecho y lanzando lamentos. No es un encuentro buscado por el Señor, ni debían ser mujeres de las que le habían acompañado desde Galilea. Los Vía Crucis suelen recoger una estación de “Jesús consuela a las hijas de Jerusalén”. Maltratado y lleno de dolores, tiene todavía fuerzas para prevenirlas. Entre ellas, desde el siglo VIII, la tradición incluye a la Verónica.

También Jesús había llorado (Lc 19,41). Lo hizo por Jerusalén, a la que tanto quería. Porque la visita de Dios a la ciudad santa no había servido para salvarla. Lloró también por su amigo Lázaro. Y está Getsemaní.

El Papa Francisco, visitando Filipinas en enero de 2015, dio una respuesta a una “niña de la calle” que le preguntaba llorando por qué sufren los niños. Nos dijo que la respuesta que podemos dar nosotros es aprender a llorar: “Si vos no aprendés a llorar no sos un buen cristiano”.  

La profecía de Jesús sobre Jerusalén se cumplió casi cuarenta años después. Algunos autores estiman que el relato evangélico está escrito en fechas coetáneas a la guerra con Roma, que llevó a la destrucción total de la ciudad y a la destrucción del Templo.

Pero el cristiano aprendió a llorar. Al lado de la tristeza y el llanto, está la Pascua. Ella va a suponer una especie de revulsivo que permitirá a san Pablo invitarnos siempre a la alegría (Flp 4,4), mencionada en el NT como sesenta veces. El autor del Apocalipsis anunciará, «un  cielo nuevo y una tierra nueva en la que ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto, ni dolor».  

 «Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos».

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