El Silencio del Amor

Entradas del grupo: Lectio Divina

San Francisco y la pureza del Corazón.

En “La sabiduría de un pobre” E. Leclerc narra el diálogo de San Francisco con el hermano León:

-. «¿Sabes, hermano, lo que es un corazón puro?».

-. «Cuando no hay nada que reprocharse», respondió León sin detenerse mucho a pensar.

-. «Entonces comprendo que estés triste; siempre hay algo que debamos reprocharnos».

-. «justamente por eso abandoné toda esperanza de llegar a tener un corazón puro».

-. «¡Ay, hermano León, no te preocupes tanto por la pureza de corazón! ¡mira en dirección a Dios! ¡admíralo! ¡alégrate de que él, que es enteramente santo, exista! Dale gracias por su amor. Eso, mi pequeño hermano, es tener un corazón puro. ¡Y, ante todo, una vez que te hayas vuelto hacia Dios de esta manera nunca más te vuelvas hacia ti mismo!¡no te preguntes cómo andan tus relaciones con Dios! La pena que sentimos por ser imperfectos y por descubrirnos pecadores es un sentimiento humano, demasiado humano. Debes alzar la vista, alzarla mucho más. Dios existe, existe la infinitud de Dios y su gloria inalterable. Un corazón es puro cuando no desiste de adorar al Padre viviente y verdadero, participa intensamente de su vida y es tan fuerte que pese a toda su miseria se deja tocar de la inocencia y alegría eternas de Dios. Un corazón así está a la vez vacío y colmado. Le basta con que Dios sea Dios. De esta certidumbre deriva su paz y su alegría. Y la santidad del corazón no es pues otra cosa más que Dios mismo».

-. «Pero Dios exige de nosotros que nos esforcemos y le seamos fieles», objetó el hermano León.

-. «Ciertamente, pero la santidad no consiste en que nos realicemos y colmemos nosotros mismos. La santidad es ante todo el vacío que encontramos en nosotros, que aceptamos, y que Dios llena en la misma medida en que nos abramos a su plenitud».

Con frecuencia cometemos el mismo error que el hermano León. Queremos llegar a ser perfectos y nos preocupamos en demasía por nuestras imperfecciones y problemas, nuestros pecados, sentimientos de culpa y autorreproches. En su lugar, deberíamos centrarnos una y otra vez en Dios. Él nos transformará. ¡Si tan sólo vislumbráramos la poderosa fuerza transformadora que alberga la presencia de Dios! La constante atención fija en su presencia y la diáfana confianza en Él enaltecen al hombre y lo purifican como nada en el mundo. La verdadera fuerza sanadora proviene de la presencia de Dios. Fluye a través de la unión con nuestro centro, con la chispa divina en nuestro interior. El contacto constante y sin reservas con ella nos sana de nuestras miserias.

Nos manejamos con nuestras deficiencias, fallos, pecados y sentimientos de culpa como aquel que se encuentra a oscuras en una habitación y golpea a diestro y siniestro con un garrote para desvanecer la oscuridad, en lugar de encender una luz. No es necesario destruir la oscuridad. Basta con llegarse hasta la llave de la luz y encenderla para que aquella se disipe. Algo similar ocurre con nuestros pecados. No hay más que ponerse en comunicación con Cristo. En él no hay ni pecado ni culpa.

Javier Fdez-Palacios

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