LA ESCUELA DE SILENCIO ABRE SU VENTANA:

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El proceso de vaciarse continuamente

En las sagradas Escrituras hay una reiterada llamada al hombre para que se vacíe voluntariamente. La principal, las bienaventuranzas. Bienaventurados los pobres, cuyas manos están vacías. (Lc. 6,20-23) Bienaventurados los hambrientos, cuyo estómago está vacío. Bienaventurados los perseguidos, que han sido echados de su comunidad y de su tierra y se ven confrontados con el destierro. Ellos encontrarán su patria en el reino de los cielos. Todas las bienaventuranzas nos invitan a vaciarnos de un modo particular. Como la muerte lleva a la resurrección, en cada bienaventuranza hayamos una promesa, un augurio de que ese vacío no persistirá, pues será llenado por Dios. Jesús nos recomienda no meditar lo que responderemos en caso de ser acusados por gobernadores o reyes. En lugar de llenar la mente con pensamientos, debemos mantenerla vacía. Jesús mismo nos proporcionará la respuesta adecuada en el momento preciso. (Lc. 21,12-15) Pero para ello necesita, repito, que nuestra mente esté vacía.  San Pablo dice, refiriéndose a Jesús, que éste no se aferró a su divinidad (Flp. 2,5-11), sino que voluntariamente se despojó de ella, renunció a ella para hacerse hombre, humillándose hasta la muerte de cruz. Este es el vacío más radical. El Padre lo llenó.

Preguntas para la reflexión:

  1. ¿Eres capaz de desprenderte de tus pensamientos y sentimientos cuando escucha?

  2. ¿Quién es feliz para ti?

Carolina.

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