LOS DIÁCONOS ABREN SU VENTANA:

QUE SOLOS SE QUEDAN LOS MUERTOS, QUE SOLOS LOS VIVOS.

   Domingo de Ramos-2020. Entra el Rey de la Gloria, entre palmas y agitar de ramos de olivos. Camina el Vencedor del mal y de la muerte, con la mirada puesta en Getsemaní, y el Gólgota. Soledad, traición, pasión, muerte, resurrección. Domingo de Ramos-2020. 12.418 muertos. La Amargura aprieta su pañuelo blanco bordado y contiene a duras penas un mar de lágrimas por tantos hijos. La Canina, símbolo sevillano de la muerte, sonríe complaciente.

  Hasta el 15 de marzo, los diáconos de la pastoral de exequias, con los templos ya cerrados, mantuvimos la actividad en los tanatorios, ya guardando las distancias, sin besos ni abrazos ni apretón de manos, con la presencia de no más de una docena de familiares y amigos del difunto, en cada responso.

   Cuando ya dejábamos colgados el alba y la estola morada, todavía algún tanatorio, con buena intención,  diseñaba un responso exprés, un adiós apresurado: el coche fúnebre, en la puerta del tanatorio con un número contado de familiares y el diácono, desde el interior del umbral, separado por la puerta acristalada, presidiendo un breve responso, e impartiendo la bendición al féretro. En fin, una ceremonia religiosa devaluada.

   No quiero pecar de hipocresía lamentando que nuestro prelado haya decidido que los diáconos también nos recluyamos en casa, como el resto del clero. Lo hizo atendiendo, con acierto, a nuestras demandas de no correr el riesgo de contagio acudiendo por más días a los tanatorios, y poniendo, así, en riesgo, a nuestros familiares con los que compartimos encierro.

   Pero esta justa decisión no compensa la pena que siento al recordar a tantas familias que siguen pasando por los tanatorios, a las que ahora no puedo dirigirles las palabras de aliento y de consuelo que les dirigía cuando celebraba con ellos el tránsito de sus seres queridos.

   Ahora no es mera poesía aquello de lo solos que se quedan los muertos. También cabe decir: y qué solos se quedan los vivos que no pueden darle el ultimo adiós a sus seres queridos, que se nos van, en la soledad de una UCI o de un servicio de urgencias, vidas que les arrebató el maldito virus, más pedestal que corona.

   Sin olvidar a los mayores que murieron en la mayor soledad, en la habitación de una residencia, con otro anciano anónimo, como única compañía. Todos ellos han reproducido en sus vidas los últimos momentos de soledad y abandono que experimentó Cristo Jesús, en su agonía y muerte en la cruz. Qué solos se quedan los muertos. Y qué solos han quedado los vivos que estos días han perdido, en soledad, a sus seres queridos.

Miguel Ángel Agea Amador.

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