LOS SACERDOTES ABREN SU VENTANA:

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Los vaivenes de la oración

¿Y cómo podremos seguir una vida de oración rica e interesante?

Los que llevan largo tiempo practicando la oración, nos enseñan:

Que nuestra relación con Dios se caracteriza por los altibajos. A menudo se siente uno cercano a Dios: en la oración personal, en las Eucaristías, durante los rezos comunitarios en los grupos, en medio del ajetreo de cada día. A veces, una palabra o una frase de un salmo parecían perforarte el corazón como una flecha. Con frecuencia, un relato evangélico que habías escuchado docenas de veces en el curso de los años, una canción, nos parecían de repente completamente nuevos, como si no los hubiésemos escuchado nunca, y cobraban una urgencia irresisti­ble.  De cuando en cuando se reía con otros alguna ocurrencia y sentíamos como una sensación de alegría de vivir. Y alguna que otra vez sospechamos que hemos tenido una especie de comunicación con la naturaleza ¿con Dios? Alguien nos dice que eso es mística, pero lo desecho Eso son cosas de santos imposible en mí… Y, sin embargo, es algo profundo, que se nos ofrece raras veces, pero que deja un aroma dulce, dulce. En una de esas ocasiones, en un momento de soledad, nos sentimos colmados por entero por el amor expansivo de Dios, como si el corazón no fuera suficientemente grande para contenerlo.

De vez en cuando conviene atesorar estas sensaciones, porque ayudarán a soportar acontecimientos en los que parece que nos faltará hasta la respiración.

Pero también advierten que en las relaciones con Dios tendremos períodos de aridez, a veces largos, cuando uno no siente a Dios en absoluto cercano. La oración podía parecer rutinaria, inclu­so aburrida. «Si tengo que cantar este salmo una sola vez más o ponerme a hacer oración, me estallará la cabeza». Tenemos que admitir que la misa a veces puede hacerse tediosa y la oración personal estará en ocasiones salpicada de distracciones con la seguridad de haber tenido un tiempo perdido…

Pero si leemos los escritos de San Juan de la Cruz, santa Teresa, la madre Teresa de Calcuta, Santa Teresita, san Ignacio, cualquiera de ellos famoso, todos ellos, sin excepción, habían experimentado más o menos la misma oscuridad. Por eso, menos tenemos que temer a esos períodos de sequedad espiritual. Es como en cualquier relación: las cosas no pueden ser emo­cionantes de continuo. «Quizás había pensado años atrás: el corazón humano no podría aguantar que Dios estuviera siempre tan cercano». Él está cerca, cerca, siempre cerca, pero se hace presente cuando quiere.

Por eso debemos aceptar un sabio consejo de san Ignacio: “en tiempo de desolación, no hacer mudanza”.

Recuerda imágenes como las que experimentaste en algún momento: son solo una de las formas en las que Dios viene a nosotros. En algunas personas afloran principalmente emociones, como el gozo o la satis­facción cuando piensan en Dios. A otras les vienen de golpe con recuerdos, tal vez de la infancia, Y sienten que ello, de algún modo, las sana. O les recuerda lo mucho que Dios las ama­ba cuando eran jóvenes. A veces se trata nada más que de una idea, como, por ejemplo, encontrar solución a un pro­blema que llevaba tiempo inquietándote. Puede suceder todo esto. Luego, en ocasiones parece como si nada ocurriera. Eso puede resultar bastante frustrante. Pero en esos períodos hay que confiar en que Dios está trabajando en nuestro hondón. Porque todo el tiempo que pasamos en presencia de Dios es transformador. En realidad, nuestro trabajo principal en la ora­ción es presentarnos a Dios y abrimos a él. «Preséntate ante él y calla», como le gusta decir a uno experto en estos avatares.

Lo que cuentas, sucede. La pregunta es: ¿crees que es Dios quien está hablando contigo y diciéndote que se preocupa de ti? ¿Crees que es real esa presencia?

Muchos detalles, recuérdalo, a veces impalpables , insospechados, casi absurdos, te llevaron a esa representación. Me contaba un discípulo que por fin vio clarísima su vocación, cuando estaba untando una mantequilla amarga en el desayuno…¿Cómo era posible esa paz profunda, esa alegría invasora, y esa certeza de su  camino? 

Porque ese es el primer paso en la oración: confiar en que es­to que te está pasando procede de Dios. Piensa sobre ello: ¿de qué otra forma podría venir Dios a nosotros? La mayoría de las veces, Dios viene a nosotros a través de realidades cotidianas, como las relaciones, el trabajo, la familia, los amigos. Pero en ocasiones, como descubriste en tu jardín y en la iglesia, se nos acerca por vías muy personales. ¿ Y sa­bes qué es lo mejor? Que todo ello está hecho a medida para ti. Dios se sirve de cosas de tu vida para hablarte. Es como en las parábolas. En las parábolas Jesús to­ma realidades de la vida diaria de las personas … pájaros y semillas y nubes y objetos con los que sus coetáneos estaban familiarizados … y las transforma en relatos que las ayudan a comprender el amor divino. Lo mismo ocurre en nuestras vidas. Dios se sirve de realidades familiares para ayudamos a entender su amor. Dios te habla en formas que tú, puedes entender, usando cosas de tu vida, cosas que amas, para encontrarse contigo allí donde estás. Esto nunca deja de sorprenderme.

¿Por qué no dejas que Dios te guíe? ¿Por qué no te abres a las formas en las que Dios quiera estar contigo?

-De acuerdo . Pero sigo echando en falta a mis seres queridos. O se me presenta un fracaso, o una muerte jamás deseada, o una sensación negra ante el futuro, o me quejo de mi soledad Sigo doliéndome de alguna enfermedad, de algún ser querido muy necesario para mi. Me escandalizan algunos sufrimientos humanos. HAY COSAS QUE NO ENTIENDO…¿Eso es fallo mío? ¿Dios entonces, al ver que no acepto, se me aleja?

-Por supuesto que no. Y siempre los echarás en falta. Pero los ves en otra dimensión…

¡Buena oración! “Vendrá el Señor y nos consolará” (2 Cor 1,4). No lo dudes.

Leonardo Molina S.J.

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