LOS SACERDOTES ABREN SU VENTANA:

“Hay que obedecer antes a Dios que a los hombres” ( Hechos4,19-20 y 5,29)

Texto que narra la vida de los primeros  creyentes y, en concreto, de los apóstoles, una vez que habían certificado que Jesús estaba vivo.

Es el mejor argumento de la resurrección: cambio de vida, de perspectivas provocados por SU real presencia.

Ahora, ya pasados aquellos terribles y luego hermosos acontecimientos, tenían que seguir viviendo. No podían olvidar el inicio de la predicación de Jesús: Convertíos, el reino de Dios está presente, creed en la Nueva Noticia (el Evangelio). Era su tarea. Había que continuar el mandado de Jesús: Id y predicad a todo el mundo…

Antes de la muerte y resurrección de su Maestro, dudaban, buscaban, aprendían. Al verlo vivo, – poco tiempo, eso sí-  se les confirmó lo que antes habían solamente intuido, sospechado.

Ahora seguían los problemas, pero ya los enfocaban de otra manera, con otro espíritu. No tenían dudas, ni miedo. Se sentían libres. Gran lección.

Libres ante la misma muerte, ante los palos, las presiones, la religión judía que habían recibido desde pequeños. Habían roto con la “mundanidad” dice hoy día el Papa Francisco.

Recuerdo el rechazo, la libertad de Jesús frente a su madre y sus parientes (Mateo, 12, 46-50), frente a la cultura de su pueblo, incluso a la Religión oficial, frente a su propio destino ciertamente abocado a la muerte.

Llegaron las persecuciones advertidas por Jesús. Presiones ambientales, presiones sociológicas, religiosas. Ahora no las esquivaban. ¿Qué tenían?: HABÍAN VISTO Y OÍDO (1Juan 1,1-3) y tenían el horizonte claro y diáfano. Merecía la pena entregar la vida al evangelio, dando la vida, el tiempo vivido hasta entregarlo a una muerte cruenta. ¡Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres! Les invitaban (con amenazas) a integrarse a lo oficial, pero ellos vivían otros convencimientos, costara lo que costara. ”Para la libertad nos ha llamado el Señor” (Gálatas 5).

Por fin, se veían libres. Antes estaban prisioneros. La fe en Jesús les había transformado.

Y nosotros ¿somos libres?

Ya sabemos que prácticamente es imposible desatar tantos lazos como nos anudan a la vida. Pero ¿es que no es posible luchar en lo posible por serlo un poco, pobremente, como Jesús? ¿O como aquellas primeras comunidades? Contamos con su gracia que tiene efectos increíbles. Pedirla al menos. Deseo de deseo, decía san Ignacio. ¡Qué bonito es ser libre!

Leonardo Molina S.J.

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