LA MIRADA DE JESÚS
En el Evangelio de Lucas leemos lo siguiente (Lucas 22, 60-62)
Le dijo Pedro: «¡Hombre, no sé de qué hablas!». Y en aquel momento, estando aún hablando, cantó un gallo, y el Señor se volvió y miró a Pedro… Y Pedro, saliendo fuera, rompió a llorar amargamente.
Yo he tenido unas relaciones bastante buenas con el Señor. Le pedía cosas, conversaba con El, cantaba sus alabanzas, le daba gracias…
Pero siempre tuve la incómoda sensación de que El deseaba que le mirara a los ojos…, cosa que yo no hacía.
Yo le hablaba, pero desviaba mi mirada cuando sentía que El me estaba mirando. Yo miraba siempre a otra parte. Y sabía por qué: tenía miedo.
Pensaba que en sus ojos iba. a encontrar una mirada de reproche por algún pecado del que no me hubiera arrepentido. Pensaba que en sus ojos iba a descubrir una exigencia; que había algo que El deseaba de mí.
Al fin, un día, reuní el suficiente valor y miré. No había en sus ojos reproche ni exigencia. Sus ojos se limitaban a decir: «Te quiero». Me quedé mirando fijamente durante largo tiempo. Y allí seguía el mismo mensaje: «Te quiero».
Y, al igual que Pedro, salí fuera y lloré.
Me viene esta hermosa historia al hilo del evangelio de hoy, el de san Mateo (Mat 9,9-13).
Dice que Jesús pasaba y vio…y a pesar de todo (pues Mateo era uno de esos publicanos y pecadores) lo eligió y lo llamó. Yo puedo ser uno de esta gentuza…O no…
Pedro lloró arrepentido. Yo puedo adoptar su actitud. Pero también, aceptar la enorme alegría de que, a pesar de todo lo que yo sé de mi vida, Él me ve, me elige, me invita…
Eso es puro evangelio.
Leonardo Molina S.J.