La Ventana de Pascua: Un Cardenal de puertas y ventanas abiertas…con el eco del Buen Pastor

Un santo y sabio pastor Hispalense, llamado Isidoro, nos dejó por escrito que el auténtico Obispo “debe dar tales pruebas de hospitalidad que a todo el mundo abra sus puertas con la caridad y bondad”. Estas sabias palabras se han ido cumpliendo en quien durante casi tres décadas ha sido nuestro querido y cercano señor Obispo. Han sido años con las puertas abiertas a todos los que iban llegando. Años de acercarse a las gentes para que las gentes se acercaran a Dios.

Su condición de persona libre, le movió al absoluto respeto a la libertad de todos, desterrando de su entorno la crítica o cualquier forma de discriminación o violencia ante lo diverso. Cuando era elogiado, callaba; cuando era cuestionado, también. Jamás levantó el teléfono empleando su autoridad para silenciar bocas o mitigar críticas. Esa libertad expresa también el amor a una Iglesia necesariamente plural enriquecida por sensibilidades y carismas diversos.

Los ámbitos de formación y reflexión gozaron de su amparo con un estilo libre que ayudó a muchos a conocer y amar más a la Iglesia. Sabía que donde no hay libertad no se podía vivir el Evangelio. En su doctrina siempre fue fiel al Papa y a los contenidos del Magisterio de la Iglesia. Si alguien desconfió de él en este sentido serían los que desconocían lo que había  en su mente y corazón. Sus dotes de comunicador le ayudaron a explicar en positivo y de modo claro lo que otros no sabemos hacer.

Ante pronunciamientos eclesiales todos esperábamos sus palabras. Entonces encontrábamos el camino para anunciar con alegría lo que antes nos resultaba no fácil de explicar a los fieles.

Obispo de Pablo VI y de “Evangelii nuntiandi”. Estas claves marcaron al joven obispo que comenzaba: fidelidad eclesial y apostolado en salida. Una ortodoxia enmarcada en una ortopráxis  inteligente. Su pastoral ha sido como él, abierta, generosa, dialogante. Su perfil siempre fue  el del buen servidor del Evangelio.”Profeta audaz, testigo creíble”, pedía San Juan Pablo II a los obispos. En todo lo que decía y practicaba latía un amor apasionado a Jesucristo, su Evangelio “sin tilde ni glosa”, y a la Iglesia. La característica pastoral de su episcopado se ha distinguido por el espíritu de diálogo interreligioso y social, así como apuntar a un claro horizonte evangelizador

Consagrado a Dios desde los años sesenta y acostumbrado a mandar sirviendo desde que tenía treinta y tres años. Pastor y persona de gobierno. Tan franciscano como cardenal. Tan enérgico como de interminables conversaciones afables. En su casa abierta fue recibiendo personalidades de toda condición: políticos de diferentes ideologías, sindicalistas, aristócratas. La prudencia y tolerancia siempre marcaron su personalidad. Alejado de posturas extremistas y con mucha sensibilidad social en defensa de los más débiles que le llevó a convocar un Congreso sobre “Caridad y pobreza”. Nunca dejo de dialogar y negociar cuando se trataba de un bien para la Iglesia. Genio y figura. Valiente y calculando cuando tenía que calcular pero confiando siempre en la providencia de Dios. Conocedor, como pocos, de las claves de la ciudad y Archidiócesis mejor de los que muchos creían.

Su apertura, de mente y corazón, le hizo trabajar motivado por la renovación de la Iglesia acorde con el don del Concilio Vaticano II. Siempre despejando caminos y entablando un diálogo con la nueva cultura que viene. Siempre “Con la mirada puesta” en lo que está aconteciendo o estar por venir como hemos leído en su Tribuna de la revista Vida Nueva.

Fue dando  forma y fundamento a su acción pastoral en consonancias con el momento que le tocó vivir y preparando siempre nuevos horizonte para la Iglesia que está en Sevilla a la que amó profundamente. Tuvo que poner en marcha una gran modernización de la gestión de la Archidiócesis. Con él entraron los primeros ordenadores en el arzobispado. Con él desapareció el organigrama, quizás excesivamente burocratizado de las vicarias llamadas sectoriales para transformarlas en vicarias de zona: dos en Sevilla ciudad y cuatro repartidas en diferentes zonas de la diócesis. Buscó con inteligencia a las personas idóneas para los cargos, en cada momento, tras consultar a todos los sacerdotes con cargo pastoral antes de conferir una misión delicada. Escuchó mucho antes de tomar decisiones. Así emprendió la gran reforma administrativa que necesitaba la diócesis para su puesta al día. Lo tocó vivir una época, en algunos aspectos complicada, que supo afrontar con mucha serenidad y tranquilidad manteniendo a la Archidiócesis unida. Los diferentes planes pastorales, los encuentros pastorales por vicarias, el delegar cuando era necesario, ayudaron a todo ello.

Con apertura y respeto se acercó a la religiosidad popular, a la defensa de la vida, de la verdad y la justicia; a las urgencias de la caridad, al mundo de la cultura, las cuestiones morales  controvertidas, así como el apoyo económico y moral a los más desfavorecidos.  Si  el problema pastoral de nuestro tiempo es la ausencia de Dios, sabía que su deber prioritario era dar testimonio de Dios a todos los niveles. Por eso viajó lo que viajó y estuvo allí donde consideraba, como buen servidor del Evangelio, que tenía que estar. Admirable siempre pos su capacidad de trabajo –sin obispo auxiliar y delegando confiadamente en sus vicarios episcopales- y entrega personal.  Con su fino humor  decía a sus colaboradores más cercanos: “Yo soy el que salgo en las fotos pero vosotros sois los que trabajáis”. Nos reíamos con él. En realidad era una persona siempre incansable en su casa –recibiendo o escribiendo- y en la calle, mezclándose con el pueblo y haciendo kilómetros por una diócesis no pequeña.

Con las puertas abiertas, se acercó a personas concretas con sus problemas alegrías y esperanzas. Sus preocupaciones personales -al mismo tiempo que trazaba las coordenadas de toda la acción pastoral de la Archidiócesis- mostraron su sensibilidad especial para con los sacerdotes, las muy buenas relaciones con la vida consagrada o la apuesta por la participación de los laicos en la misión de la Iglesia.

Otra característica de su magisterio es el protagonismo que confió a los laicos y su apuesta por el poder evangelizador de la piedad popular, donde siempre intuyó un camino de santidad y una aliada en frentes a veces difíciles. Ha sido un Obispo en medio de su pueblo. Ni élites, ni periferias: para todos. Obispo de mañana en la cárcel y de brillantes conferencias en el Ateneo por las tardes; de visita en la residencia sacerdotal por la mañana y de visita al Centro Amigo por la tarde

Abierto para con el Seminario, que ocupó su corazón de “padre y amigo”. Un Plan de formación fiel a las orientaciones de la Conferencia episcopal e iluminados por los documentos del Magisterio.  Seminario en progresivo crecimiento y estabilidad como ha llegado hasta nuestros días.

A las cofradías las trató de orientar con su estilo pastoral pero dejando el margen de autonomía que como asociaciones de laicos deben tener. La atención a los catequistas, la buena acogida a los movimientos apostólicos han sido parte importante de sus desvelos como pastor. Sin olvidar en ningún momento a enfermos, desvalidos y sin techo que han formado parte de su especial predilección. Prueba de ello fue  que sus diocesanos –por iniciativa de Caritas Sevilla- le “regalaron”, con motivo de sus veinticinco años en la diócesis, el “Centro Amigo” o casa de acogida a  personas de la calle. Todo un testimonio de gratitud hacia él y sus prioridades.

Sus cualidades fueron favoreciendo que en la Iglesia en Sevilla pudieran convivir diferentes sensibilidades. El Obispo que abría sus puertas era capaz de mantener con gran fluidez la colaboración con todos los sectores de la sociedad. Con prudencia, con valentía y sabía elocuencia. Destacaba por sus opiniones. Se mojaba en muchos temas con gran habilidad para la comunicación personal.

Estas condiciones fueron conformando el ejemplan ministerio  evangélico de un buen “maestro y pastor”. De ello pueden dar testimonio muchas personas principalmente aquellas que hemos tenido la suerte de conocerle de cerca y de trabajar junto a él.  Nos abrió su puerta, como aconsejaba el santo y sabio Isidoro, tan reformador él, y todos deseamos que perdure en nuestra iglesia de Sevilla –en este tiempo sinodal- este estilo de buen pastor, de cercanía pastoral de quien ha sido para nosotros servidor de la esperanza, fino comunicador, amigo y servidor del Evangelio “sin tilde ni glosa”. Es decir una entrega sin reservas.

Un sacerdote, muy cercano, me comentó que en una visita a su parroquia con motivo de unas confirmaciones, el cardenal sufrió un desvanecimiento motivado por su estilo de no parar y acudir allí donde fuera reclamado. Cuando se recuperó dijo: “Si hoy me hubiera muerto, solo y en palacio, por querer reservarme nada tendría sentido; pero si hoy tuviera que morirme aquí, con mi pueblo, todo tendría sentido”. Genio y figura. No lo podía remediar cuando se trataba de darlo todo. Demos gracias a Dios por haberle conocido. Que permanezca, por siempre, su memoria entre nosotros.

Francisco Ortiz Gómez

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